De puño y letra
de Sergio Daniel Colasanti responsable barrial de prensa del PS – Santa Fe

“LA INFAMIA: UNA MALDITA ENFERMEDAD”


Cada vez que el tema se instala, pienso lo mismo.  Cuando se hace referencia a la década infame que dio comienzo con el derrocamiento del Presidente Hipólito Yrigoyen, pienso en otros años de la vida política de nuestro país y siempre termino por preguntarme: ¿fue esa la única década con semejantes características o hubo alguna más?  La respuesta es, también, siempre la misma: si, las hubo.  Y siendo así, habrá quien pregunte para qué me sigo preguntando siempre lo mismo, y es que, muy íntimamente, espero algún día poder decir que sí, pero, que ya han sido definitivamente superadas.  Sé que suena utópico, pero quienes me conocen saben lo que opino de las utopías y de qué manera las reivindico. 

La infamia, como cualquier otra calamidad es, a priori, peligrosa.  Y lo es porque más allá de la definición hecha de ella en cualquier diccionario que pueda consultarse con curiosidad, hay un elemento de esa definición que encierra en sí, la esencia de su peligrosidad: la maldad.  Para que a nadie le quede duda de lo dicho, no me llevará más de una línea transcribir la definición de la palabra infamia según el diccionario de la RAE (Real Academia Española): “Descrédito, deshonra.  Maldad, vileza en cualquier línea”.  Insisto, su componente más peligroso es la maldad, pues esta abarca a las demás.  Y de manera amplia.

Ante el peligro, lo importante es mantener la calma y no ceder ante el temor.  Cierto es aquello de que “más peligro corre el que más teme”, pues como supiera dejar para los tiempos por venir el ex presidente norteamericano, Franklin Delano Roosevelt: “a lo único que debemos temer es al miedo mismo”.  Es cierto.  El miedo paraliza; el miedo conspira contra cualquier acción que pueda, llegado el caso, ser intentada a modo de cambio, reparación, recomposición o lucha por lo que consideramos impostergable; el miedo atenta contra todo aquello que, sabemos definitivamente, debemos enfrentar sin más dilaciones.  No debemos temer a los infames, debemos saber la manera de enfrentarlos, sin temor, y combatirlos.

Aunque parezca imposible pensar algunas situaciones en la vida, es precisamente ella la que siempre se encarga de hacernos notar que la realidad supera cualquier fantasía por más frondosa que esta pudiera llegar a ser.  Y aún cuando suponemos que las cosas no pueden ser peores de lo que ya son, la realidad puede sorprendernos y hacernos ver que si.  Nadie, allá por los tiempos de Yrigoyen, podía suponer una “década infame”.  ¿Nadie?  ¿En verdad?  Sin embargo, a la luz de los acontecimientos, y prestando atención a cómo iban dándose las diferentes situaciones en lo político, económico y social, cualquier buen ajedrecista lo hubiera podido suponer.  Y no digo analista político, para continuar jugando –como me agrada- con el paralelismo entre la vida y el ajedrez.  Es cierto que, como dijera Einstein, “Dios no juega a los dados con el hombre”, pero el hombre gusta de jugar a los dados consigo mismo y hasta se hace trampas para no perder.  Sin embargo, ¿de qué manera se pierde más?  ¿Engañando a los demás o haciéndolo con uno mismo? 

Por aquello de que quien engaña a los otros, es un mentiroso y el que se auto engaña es un imbécil, la respuesta es arto elocuente.  Y aunque lo ideal sería no engañar de ninguna manera ni a propios ni a extraños, la realidad nos demuestra, a diario, que el engaño es una moneda corriente y más en la política.  En materia de política, el riesgo de no reconocer las cosas, tal y cuales son, es muy peligroso.  Cuando alguien se engaña a si mismo puede sufrir las consecuencias sólo; cuando engañamos a los demás, la historia se complica.  Más aún cuando esa historia es pública y está enmarcada dentro de la misma política.Quien se dedica a la política debería comprender, también, que no es un juego de azar.  La política, como la vida, más bien si de juego pretendemos hablar, se asemeja –como fuera dicho- a una partida de ajedrez.  Un movimiento pensado, detrás de otro que, tras analizar las posibilidades ciertas del oponente pueden, de acuerdo a la capacidad de cada uno, hacer prevalecer nuestro juego, para poder así, direccionar la partida hacia el objetivo: ganar.

La vileza no tiene fronteras, pues no las conoce.  La maldad está impregnada siempre, entre otros, de rencor y de odio.  La persona rencorosa no perdona, luego, no olvida.  Y es para creer que “la vida puede ser comprendida mirando atrás, más sólo puede ser vivida mirando adelante”.  Y si pensamos que el rencor y el odio suelen ir de la mano ¿cómo no pensar que quienes los sientan no son seres enfermos?  Enfermos de una enfermedad que puede transformarse en peligrosa si no se la sabe contrarrestar. 

No es cierto que la vida de sólo una oportunidad a cada uno, y nada más.  Da tantas oportunidades como nos sepamos procurar.  Creer que existe una fuerza extraña a nosotros que nos obliga o condena, indefectiblemente, a vivir de una manera y nada más, es muy cómodo de pensar.  Es preferible hacerse cargo y tomar las decisiones que sean necesarias y decidirse a transformar aquello que se debe transformar. 

Enfermos de rencor, de odio, de mediocridad, de indiferencia los ha habido siempre y por desgracia, difícilmente, dejen de existir.  Sin embargo, a los impíos –de la política o de la vida cotidiana- no hay otra forma de combatirlos que no sea con todas las armas de las que dispongamos.  Una de las más efectivas es: la convicción.  Convicción en la fuerza de nuestros ideales.  Convicción en la grandeza de nuestra empresa como es la de servir a los demás a través de la solidaridad.  Convicción como antídoto de una enfermedad que aunque parezca incurable, se puede mejorar –los utópicos gustamos de pensar que algún día se acabará-.

El tiempo pasa, la vida se va y el objetivo puede estar tan cerca, o tan lejos, de acuerdo a lo realizado o lo que estemos dispuestos a realizar, pero atendiendo siempre a la manera de hacerlo realidad. 

 “Dios no juega a los dados con el hombre”; por ello, el hombre no debería jugar a los dados con la vida que Dios le regaló.  Si lo entendemos, y lo aprendemos a manejar, el futuro puede ser diferente.  Tanto, como siempre lo hemos soñado.